La soledad, mala compañera Juan García Inza (Doctor en Derecho Canónico)

Cuando uno llega a cierta edad comienzan las “goteras”. Parece que todos los males estaban esperando la hora de tu jubilación para hacerte compañía. Pronto te conviertes en asiduo visitante del ambulatorio, y fiel dependiente de la química, condensada en las variopintas grajeas que invaden los rincones de tus armarios. Ya no hay que ir al trabajo, solo hay tiempo para el achaque y la salud.

Múltiples limitaciones se convierten en compañeros de camino. Y ellas acaparan nuestra atención, y la de los demás. Casi no se habla de otra cosa. Pero en la edad de la senectud suele hacer acto de presencia una mala compañera, la soledad. Es la peor de las afecciones que se pueden sufrir. Uno puede soportar el dolor, y cualquier impedimento. Hay medicinas y cuidados paliativos para todo. Pero la soledad es grave, no hay tratamiento que amortigüe ese tormento. He visto a muchos ancianos aquejados de soledad, sin nadie que les hable o que les escuche. Esa situación lo convierte en un marginado con complejo de inutilidad.

El sufrimiento más agudo es verse solo, abandonado en el dolor. Siempre me han hecho pensar aquellas palabras de Cristo en la Cruz: Padre, ¿por qué me has abandonado? Dura queja la del Señor. Muchos no la entienden. ¿Es que el Padre abandonó al Hijo en el momento crítico de la Pasión? La única explicación que siempre he encontrado para estas misteriosas palabras es que Cristo redimía con su dolor todos los pecados y sufrimientos humanos. Y El nos amó hasta el extremo. Y el dolor mas amargo que el Padre permitió que sufriera por todos fue precisamente la soledad. Solo, y sin consuelo, expiró Cristo para santificar tus soledades, causadas muchas veces por el desamor de otros.

Huimos de esta mala compañera, que en bastantes ocasiones se pega a nosotros como pareja ineludible. Pero no es bueno que el hombre esté solo, dijo Dios cuando creó al ser humano. Y, si queremos, nunca estaremos solos. Hay mucho que hacer, y mucho en qué pensar. Y Dios está a tu lado.

Contaba un día en una reunión de la parroquia un sacerdote italiano el testimonio de su madre. Vivían en un caserío junto a los Alpes. Por las mañanas todos se marchaban a sus trabajos lejos del hogar. La madre se quedaba sola sentada a la puerta de la casa despidiendo a cada uno. Un día este sacerdote, que se iba a la ciudad por un tiempo, le dijo a la madre: -¿No te importa quedarte sola? – La madre contestó pensando despacio lo que decía: -Hijo, yo no me quedo sola nunca. Todos os vais, pero Dios no se marcha.

Esta es la soledad redimida, salvada, cristianizada, santificada. Como la soledad de aquel enfermo que un día vio que alguien se sentaba en una silla junto a su cama. Se sentía feliz. Y se lo contó a su hija que volvía del trabajo. –Hija, hoy no he estado solo. He tenido compañía.-La hija le pregunta sorprendida: -¿Quién ha entrado a verte, si la puerta estaba cerrada? – No lo sé, -contestó el enfermo.- A partir de aquel día aquella visita era puntual a la cita. Se sentaba en la silla junto a la cabecera, y rodeaba la cabeza del anciano enfermo con sus manos. Un día, cuando volvió la hija del trabajo y entró a la habitación del padre, lo encontró sin vida con su cabeza apoyada sobre la silla. No había muerto solo. Le acompañó aquel que dijo: Yo estaré siempre con vosotros.

La soledad es mala compañera, pero nunca estamos solos si descubrimos junto a nosotros a ese Dios amigo que quiere hacerse compañero de camino en ese tramo final de nuestra carrera, que no tiene por qué ser triste. La senectud es la edad de la plenitud. El vaso del alma se está terminando de llenar. Y debemos sentirnos felices si podemos abrazar plenamente al Amor.

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