Por: Lic. Susana S. Polanco
Hay una pregunta que ha cimbrado profundamente mi alma y esta es: ¿por qué necesitamos dosis tan altas de dolor para poder aprender?, esta pregunta muy bien se puede aplicar en personas que de pronto se enfrentan con un proceso de muerte inminente y con el respectivo dolor que todo esto conlleva.
En una búsqueda incesante por encontrar respuestas que saciaran la pregunta inicial, reflexioné acerca del verdadero sentido de la vida, de la muerte y del sufrimiento humano, creo que éste radica en que aprendamos lecciones de vida que nos perfeccionen y nos hagan mejores personas; finalmente, el sendero de la vida es un cúmulo de pérdidas constantes que van desde aquellas casi imperceptibles a las más dolorosas, pareciera que la vida nos grita que aprendamos algo y se empeña en hacernos entender que nuestra existencia es dinámica, que está sujeta a múltiples cambios que representan ciclos que empiezan y terminan de manera constante desde que nacemos hasta que morimos y que conllevan pérdidas, mismas que se transforman en pruebas, algunas de ellas muy difíciles pero que debemos superar; por esta razón, el proceso de estar entre la vida y la muerte debe ser visto como una lección más que debemos aprender.
Pero ¿por qué esperar el final de nuestra existencia para aprender las lecciones que podemos asimilar ahora? Ciertamente hay personas que se esperan al final de sus días a adquirir la consciencia que nunca consiguieron a lo largo de toda su existencia; en efecto, muchas veces la vida en su gran sabiduría se encarga de ponernos en situaciones de mayor sufrimiento con la finalidad de que se obtengan aprendizajes realmente relevantes y enriquecedores para si mismo y los que están a nuestro alrededor, quizá se pudiese pensar que esto es cruel y despiadado por parte de la vida o del destino pero objetivamente hablando se obtiene un bien mayor, finalmente todos venimos a esta Tierra a aprender algo, de lo contrario, esta vida no tendría razón de ser y sería un absurdo estar de huéspedes en este mundo, o ¿a caso no es así?
El dolor que conlleva el proceso de muerte sacude las fibras más sensibles del alma y del cuerpo. El dolor del cuerpo es inevitable pero no podemos permitir que el dolor interno, el del alma, resulte estéril o peor aún, encaminar esta experiencia hacia nuestra propia destrucción, por el contrario, debemos conducir y orientar nuestro dolor hacia la madurez de todos aquellos ámbitos de nuestra vida que son perfectibles y que necesitan ser pulidos, debemos crecer en medio de los obstáculos, el crecer duele pero debemos cumplir la misión a la que estamos llamados todos: aprender de las cosas buenas y malas de la vida.
Hay algo que cada uno debe aprender antes de poder volver al lugar de donde vino, y es el amor incondicional, cuando esto se aprenda y se practique, se habrá aprobado el más importante de los exámenes, y es que cuando se vive una vida donde el Amor es el centro de nuestra existencia y aprendemos a amarnos a nosotros mismos y a los demás, entendemos entonces que valió la pena haber vivido y que nos podemos ir en paz. El vivir bien quiere decir aprender a amar. Cuando vivimos un proceso de muerte, que generalmente es desgastante en todos los sentidos, entonces es una oportunidad para amar la vida, agradecer lo que nos proporcionó y entonces así aceptar con mayor facilidad la misma muerte como la terminación de un ciclo eminentemente natural; y aprender que como vivimos la vida vivimos la muerte pues ambas son una misma cosa.
El proceso de muerte debe ser fructífero, aprovechándolo como un medio para encontrarnos a nosotros mismos, descubriendo quienes somos en realidad pues la negación a la muerte hace que la percibamos como lejana y nos mantengámos distantes de nosotros mismos y que perdamos el tiempo en cosas intrascendentes que dejan a un lado lo relevante como es el autoconocimiento, también es cierto que esta experiencia nos hace tolerantes a la frustración, es decir, nos hace ver la vida desde una perspectiva más realista con sus sabores y sinsabores, sin considerar una vida perfecta o como un paraíso terrenal. El enfermarse implica aprender la lección de la paciencia, entendiendo así que no siempre logramos lo que queremos y a veces esto no coincide con lo que hubiésemos imaginado.
También nos hace ver con mayor claridad como están nuestras relaciones interpersonales, nos hace reflexionar acerca de la importancia de ponernos a cuenta con aquellos a los que les salimos debiendo, aprendiendo así, la lección de perdonar y ser perdonados; nos hace también agradecer la generosidad de otros, del amor y la atención que nos pueden brindar aquellos que se encuentran más cercanos a nosotros y que nos demuestran que somos importantes en sus vidas, en unas palabras, nos hace valorar a las personas que están a nuestro lado y viceversa, sintiéndonos afortunados que el destino nos haya permitido conocerlos, haciendo que estos pequeños momentos pero que en realidad son grandes, hagan la existencia del enfermo algo mucho más soportable y llevadero.
Definitivamente el proceso que nos conduce a la muerte nos engrandece pues nos hace más humanos cuando aprendemos a soltar, a despojarnos no sólo de nosotros mismos sino del enojo ante nuestra inminente muerte y llegar a una aceptación por convicción, con madurez de que ha terminado nuestro ciclo, asumiendo con fortaleza las implicaciones tan dolorosas que esto conlleva. Debemos ser conscientes de que estamos aquí para reconocer nuestra bondad, nuestro valor y el milagro de nuestra existencia, desde su comienzo hasta el final, debemos entender que la vida es una escuela, con pruebas individuales y retos que superar.
La lección de aprender a ser feliz, aún en medio de la desgracia, definitivamente es quizá la lección más complicada de aprender ¿pues cómo ser feliz en medio del dolor físico y espiritual? Quizá la dificultad radique en que la mayoría creemos que la felicidad es igual a vida, y esto no necesariamente es así, pues la felicidad no depende de lo que sucede, sino de cómo lo vivimos y de cómo interpretamos nuestro exterior, debemos rescatar lo positivo de cada una de las situaciones que se nos presentan y en relación con los demás, sin comparar nuestras circunstancias menos afortunadas con los otros; pero al margen de esto, también es cierto que debemos ser realistas, y plantear el hecho de que para lograr lo anterior se requiere de una fortaleza espiritual y de recursos internos personales fuera de la norma de la mayoría de los afectados y aunque nunca se logre porque la práctica sea más difícil que la teoría, es a lo que debemos aspirar, finalmente la parte humana y débil de nuestra naturaleza llega a pesar más que la espiritual quizá porque no la alimentamos como debiera, pero lo que es real es que no todos gozamos de estas herramientas y se vale no caer en tanta exigencia, pero si tenerlo en cuenta como un modelo al que todos podemos aspirar.
Para concluir, podría decir, que las lecciones que debemos aprender en el proceso de muerte son muchas y dependerá de cada caso concreto y del libre albedrío, pues finalmente el aprendizaje resulta ser subjetivo, y hay quien decide crecer en medio de lo inevitable y hay quienes deciden su propia destrucción, pero es importante ver la otra cara de la moneda y no sólo enfatizar los aspectos negativos del sufrimiento al que se enfrenta un ser humano que carea su propio deterioro físico, psicológico, social y espiritual, tampoco pretendo minimizarlo pero si tratar en medida de lo posible el encontrarle significado a las pérdidas al que se enfrenta el enfermo orgánico, y apreciar la vida desde otra óptica para así apreciar la muerte de manera diferente, con una visión más esperanzadora que nos pueda acercar a nuestra propia grandeza humana sin temor y sin angustia.
Desafortunadamente el ser humano no crece ante la comodidad y la fantasía de que todo es bello, crece a través de experiencias amargas, esto es duro de aceptar pero no hay nada más cierto que esto. A lo largo de este doloroso proceso tanto para el enfermo como para la familia, creo que es importante resaltar que todos, de una manera o de otra aprendemos de vivenciar en carne propia el sufrimiento individual pero este aprendizaje no se queda ahí sino que contribuimos a que esto trascienda en otros, lo que hace que este proceso sea muy doloroso pero igualmente enriquecedor y es con lo que me quedo….
Bibliografía
· Kübler – Ross, Elisabeth, “La muerte: un amanecer”, Barcelona: Ediciones Luciérnaga, 1987, p.p. 119
· Kübler – Ross Elisabeth, Kessler David, “Lecciones de vida”, Barcelona: Vergara Grupo Zeta, 2004, p.p. 245
· Buckman, Robert, “¿Qué decir?, ¿cómo decirlo?, dialogando con el paciente terminal”, Bogotá: Ed. Colección SELARE, 1995, p.p. 252