Valores de los mayores: enseñanza de toda una vida

Por: Lic. José Antonio Hernandez Ugalde

Queremos compartir el tesoro "Enseñanzas del Papa sobre los Mayores”, ya que S.S. Juan Pablo II tuvo especial preocupación por el envejecimiento progresivo de la población e hizo llamados en foros internacionales para ponderar la dignidad de la persona humana, la dignidad de los mayores y el exhorto a tener conciencia de que todos debemos cooperar para trabajar por una sociedad más humanizada, más solidaria, en una civilización renovada que sabrá conservar una mayor confraternidad de amor y comunión, de esperanza y paz.

Tomar conciencia de las posibilidades

Es preciso que vosotros mismos toméis conciencia de las posibilidades que tenéis a vuestra disposición y que consideréis la entrada en la tercera edad como un privilegio; no sólo porque no todos han tenido la suerte de alcanzar esa meta, sino porque esa edad es período de nuevas responsabilidades concretas, de considerar mejor el pasado, de conocer y vivir más profundamente el misterio pascual, de convertirse en ejemplo en la Igle­sia para todo el Pueblo de Dios.

Vida en crecimiento
 
Según el proyecto divino cada ser humano es una vida en crecimiento, desde el primer destello de la exis­tencia hasta el último suspiro. Ninguno tiene derecho a decir: ¡Basta! Ninguno tiene derecho a pararse, ni a con­siderarse un ser en decadencia.
A la Unión de Movimientos Interdiocesanos de Personas Mayores de Italia (23-3-1984)

Aspectos positivos de la vejez

Los aspectos benéficos de la vejez existen también. Es el tiempo en el que los hombres y las mujeres pue­den recoger la experiencia de toda su vida, hacer la separación entre lo accesorio y lo esencial, alcanzar un nivel de gran sabiduría y de profunda serenidad. Es la época en la que disponen de mucho tiempo, e incluso de todo su tiempo, para amar el entorno habitual u ocasional con un desinterés, una paciencia y una alegría discreta, de lo que tantos ancianos dan ejemplos admirables. Constituye también, para los creyentes, la feliz posibilidad de medi­tar sobre los esplendores de la fe y de orar más.

La fecundidad de estos valores y su supervivencia están unidos a dos condiciones inseparables. La primera requiere de las mismas personas mayores que acepten profundamente su edad y estimen sus posibles recursos. La segunda condición concierne a la sociedad de hoy. Necesita hacerse capaz de reconocer los valores mora­les, afectivos, religiosos que habitan en el espíritu y en el corazón de los mayores, y necesita trabajar en favor de su inserción en nuestra civilización que sufre un des­fase inquietante entre su nivel técnico y su nivel ético.
A la Asamblea Mundial sobre el Envejecimiento de la Po­blación convocada por las Naciones Unidas (26-7-1982)

Frutos de la vejez: experiencia y sabiduría
 
El Papa se inclina con profundo respeto ante la an­cianidad, e invita a todos a que lo hagan con él. La vejez es la coronación de los escalones de la vida. En ella se cosechan frutos, los frutos de lo aprendido y lo experi­mentado, los frutos de lo realizado y lo conseguido, los frutos de lo sufrido y lo soportado. Como en la parte final de una gran sinfonía, se recogen los grandes temas de la vida en un poderoso acorde. Y esta armonía confiere sabiduría; la sabiduría que pidió en oración el joven rey Salomón (cf. 1 Re 3, 9,11), más decisiva, para él, que el poder y la riqueza, más importante que la belleza y la salud (cf. Sab 7,7-8,10); la sabiduría de la que leemos en las normas de vida del Antiguo Testamento: « ¡Qué bien dice la sabiduría a los ancianos, y la inteligencia y el con­sejo a los nobles! La corona de los ancianos es su rica experiencia, y el temor del Señor su gloria » (Eclo 25,7-8).
Esta corona de sabiduría cuadra de modo particular a la actual generación de ancianos, entre los que os en­contráis vosotros, queridos hermanos y hermanas: vo­sotros habéis debido experimentar y presenciar, en parte dos guerras mundiales, infinidad de sufrimientos; mu­chos han perdido en ellas propiedades, salud, profesión, hogar y patria; habéis llegado a conocer las profundida­des del corazón del hombre, pero también su capacidad para realizar acciones heroicas y vivir su fidelidad a la fe, y su fuerza para empezar de nuevo.
Discurso a los mayores en la Catedral de Munich (19-11-1980)

A cualquier edad se puede crecer en humanidad

Como he escrito en la Laborem exercens, el trabajo es un bien del hombre, es un bien de su propia huma­nidad, porque también mediante el trabajo el hombre «se realiza a sí mismo como hombre e incluso, en un cierto sentido, llega a ser más persona» (n. 9). En realidad, en cualquier edad se puede crecer en humanidad, se puede ser más.
A la Federación Italiana de Jubilados del Comercio y del Turismo (29-4-1982)

Visión cristiana de la vejez
 
En Australia, para los próximos treinta años, se espera que se duplique el número de personas con más de sesenta y cinco años. La sociedad pone de relieve las implicaciones económicas y políticas que comportará este incremento de la población de mayor edad. Pero nos corresponde a nosotros, como cristianos, la tarea de recordar al mundo la preciosa experiencia y la sabiduría, el modo de ver las cosas y las energías espirituales de los mayores.
A 1.500 personas mayores en Australia (30-11-1986)

La vejez: edad rica en valores

Resaltar los recursos propios de la vejez es sensibi­lizar a los ancianos mismos y poner de manifiesto las riquezas inherentes a la sociedad, riquezas que la misma sociedad no sabe apreciar. La vejez es capaz de enrique­cer el mundo mediante la plegaria y el consejo; su pre­sencia enriquece el hogar; su inmensa capacidad de evangelizaron por la palabra y el ejemplo, y por activi­dades eminentemente adaptadas a los talentos de la ve­jez, constituye para la Iglesia de Dios una fuerza todavía no del todo comprendida o adecuadamente utilizada. Nos extenderíamos demasiado si tratásemos de describir to­dos los factores positivos de la vejez.

Al Foro Internacional sobre la Tercera Edad (5-9-1980)

En una perspectiva evangélica, también la vejez es una edad rica en valores por los amplios horizontes hacia los que el espíritu lanza la mirada: se trata de los hori­zontes de la sabiduría en la evaluación de los aconteci­mientos, de la tolerancia en la relación con los demás, de la atención más viva a la dimensión eterna de los acontecimientos humanos.
Discurso en la Residencia de San Estefano di Cadore (1993)

*Coordinador de Vida Ascendente México 


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