Así que dejemos que el tiempo también nos lo marque Dios, si es una plática y Él es el que va hablar tratemos de estar el tiempo que necesitemos estar con Él. San Alfonso María Ligorio recomendaba que los principiantes no oraran más de media hora diaria y que poco a poco el tiempo fuera en aumento. San Francisco de Sales al igual que San Ignacio de Loyola decían que los laicos deberían de orar alrededor de una hora diaria.
Es bueno considerar que a Dios siempre le ha gustado recibir lo primero y lo mejor. Así que en conciencia cada quien tiene que ver cuanto tiempo puede darle al Señor, tratando de que cada vez sea más tiempo de calidad no solo de cantidad.
“No digas que te falta tiempo di que te falta amor”
Algo importante también es la frecuencia, hay que recordar que la oración debe de ser TODOS LOS DÍAS, es decir, deberá ser permanente y continua, tal cual como practicar un ejercicio, no podemos descuidarlo.
Según los maestros de la vida espiritual, los momentos más propios para la oración son: por la mañana temprano, por la tarde antes de la cena y a media noche. La Biblia también habla de que la mañana y el silencio de la noche son los momentos más adecuados para orar:
“Por la mañana escuchas mi voz,
por la mañana me preparo para ti
y quedo a la espera”.
Salmo 5, 4
“Me levanto a media noche a darte gracias,
por la justicia de tus normas”.
Salmo 119, 62