Por: Lic. Elizabeth Simental
Cuando me pidieron que escribiera un testimonio como mujer católica, profesionista y casada; no pude evitar pensar que yo no era el mejor ejemplo y que preferiría no tener que escribirlo. Pensé que a mí me cuesta mucho poder equilibrar mi relación con Dios con mi desarrollo personal, mi vida de casada y mis responsabilidades en el trabajo. Además, esto me causó mucho malestar ya que yo trabajo en una Fundación en donde nos dedicamos a ayudar a las mujeres y donde justamente hacemos la propuesta de cómo ser una mujer integral. Pero seguí pensando y llegué a la conclusión de que muy probablemente muchas de las personas que lean este artículo les pase algo similar, que se sentirían comprendidas y que tal vez les sea de utilidad. Espero que así sea.
Creo que no es novedad para nadie la llamada “liberación femenina”. Y es que a pesar de nuestras creencias, no podemos evitar estar inmersas en la cultura en la que hemos nacido: somos “hijas de nuestro siglo”. Esta sonada liberación nos ha traído muchos avances. No los enumeraré por no ser el objetivo de este artículo, creo que todas los conocemos pues nacimos y crecimos con ellos. Sé que este reconocimiento de los derechos de la mujer no es una realidad en todas las culturas, ni en todos los status ni en todas las familias. Pero en esta ocasión hablaré por aquéllas que si hemos tenido esa gran oportunidad.
Les comentaré algo de mis circunstancias personales. Tengo 25 años, casi 26, dejé de vivir con mi familia a los 18 para irme a estudiar la carrera que yo elegí. A partir de este momento he vivido en 4 ciudades distintas, durante 2 años trabajé para mantenerme y terminar mis estudios, y me casé hace 1 año y medio. ¡Sí, a los 24! Este fue el momento más feliz de mi vida, lo único que me asustaba era la idea de algún día tener que dejar de trabajar para atender a mi familia. SI, SOY PROFAMILIA, SOY PROVALORES, SOY PROHIJOS, pero ya en la realidad ¿dejar de ser productiva? Era una idea que no podía apartar de mi mente.
Creo que muchas mujeres puedan entenderme. Demasiados factores nos invitan a salir de nuestra casa para dedicarnos al trabajo: el deseo de desarrollo personal, la necesidad económica, la competencia con el hombre, la presión social para ser productivas e independientes, etc.
Después de un año y medio de casada no he dejado de trabajar, pero me he puesto a reflexionar los últimos meses que conforme más me “independizo” y más “productiva” soy; entre más delego las tareas de la casa, entre menos cocino, coso, arreglo, etc. más extraño tener la posibilidad real de dedicarme a ello.
Sé que sueno demasiado arcaica para estas épocas, pero déjenme explicarme. Intento mantener un equilibrio perfecto y leo sobre el ideal de mujer integral al que debemos llegar, pero para serles sincera, estoy muy lejos de alcanzarlo. A pesar de mi activismo habitual, cada día valoro más una mujer que reboza estabilidad emocional, una casa bien llevada, unos hijos felices que tienen a su madre junto para lo que ellos necesiten, una flor natural en un centro de mesa, una mujer que se arregla para seguir agradando a su esposo, una rica comida, etc. Y de repente tengo la intuición de que no llegaré a alcanzar esto a menos que haga un ajuste de prioridades.
¿Que es posible lograrlo todo y alcanzar el equilibrio perfecto? ¿Qué existen las Mujeres Maravilla? Es probable que sí, de hecho conozco a algunas, no muchas. Pero parte de mi verdadero crecimiento personal y espiritual ha sido conocerme mejor y he descubierto que no reúno el perfil. Ahora sé que a pesar de tener muchos ideales de hacer grandes cambios en la sociedad, la vocación que Dios eligió para mí fue el matrimonio y que primero responderé ante Él de haber hecho feliz y santo a mi esposo y a mis hijos que de todo el demás bien que pueda hacer en mi vida. También he aprendido que la Voluntad de Dios no siempre consiste en hacer más, sino en hacer lo que Él nos pida, aunque esto parezca menos de lo que siempre nos sentimos capaces. Ahora sé que si quiero darme verdaderamente, hacer algo por Dios y por mis semejantes primero necesito estar bien yo, lo que significa: hacer oración, dormir suficientes horas, hacer ejercicio, atender mi hogar y sentirme parte esencial de él. ¡Y todavía no tengo hijos! Pero sobretodo, sé que tengo que ser feliz para poder mostrar el rostro de Cristo, y que con agobios interminables no edifico a nadie.
¿Que si ya no me gusta trabajar? Al revés, me encanta. Y sigo convencida de que nunca podré dejar de hacerlo. Buscaré la manera, pero no a costa de mi hogar, de mi vocación. Hace no mucho tiempo pensé que si quería ser realmente libre, tenía que encontrar una manera de crear un proyecto de vida en el que yo defina las circunstancias de mi trabajo sin tener que sacrificar mi estabilidad y mi familia. Decidí empezar una maestría que me permita dedicarme a la orientación psicopedagógica a niños y padres de familia desde mi hogar.
Por último, debo decir que todas estas reflexiones apenas me están haciendo despertar y llevando a la acción: estoy rehaciendo un horario, volviendo a aprender a orar, empezando a cocinar algunos días por las noches, etc.
Estoy convencida de que la sociedad necesita de la mujer y de su participación activa, pero de que la necesita así, mujer; identificada con su vocación, feliz, compartiendo con otros todo el amor con el que se llena cada día. Estoy convencida de que para ser mujer se necesita vivir de dentro hacia fuera. Así que en la lista de prioridades, la número uno es alimentar una relación de absoluta confianza en Dios, por la que no exista dificultad alguna que rompa ese equilibrio y esa armonía; una relación de escucha por la que lo deje guiarme en las distintas circunstancias de mi vida, sabiendo que sigo Su Voluntad, sin sentirme culpable por hacer o no hacer, por lograr o no lograr, sino aceptando con amor quién soy y cuáles son mis circunstancias. Espero saberla cultivar, por lo pronto ¡estoy volviendo a empezar!