Por: Amalia Soní
No hay duda sobre el valor relevante de la mujer en muchas actividades de la vida social, a las que ha aportado su singular habilidad y sensibilidad.
Cada día se ve una mayor participación femenil en campos en los que, hasta hace algunos años, había estado ausente o mínimamente presente; incluso se ha llegado a afirmar que el "hombre del tercer milenio" será una mujer.
Sin embargo, las mujeres del tercer milenio deberán afrontar el reto de preservar la vocación de madre, que la mujer tiene por naturaleza, y la de dueña y señora del hogar, por su historia. Si, en aras de afirmar su justificada igualdad esencial con el hombre, la mujer se "masculiniza" se generaría una enorme pérdida para la humanidad.
Día a día nos descubrimos en un mundo en cambio constante donde la práctica de las virtudes es abandonada y los principios morales, base para la sana convivencia, son sustituidos por "valores" económicos o ideologías sociales dudosas. Y la raíz de muchos de nuestros problemas sociales es la falta de educación, por la cual se deteriora la fibra moral de las personas y consecuentemente el tejido social, fenómeno generalizado que padecemos y que se manifiesta en inseguridad, violencia, deshonestidad, adicciones, corrupción y falta de respeto a la autoridad, entre otros males.
La mujeres de hoy deben dejar de ser espectadoras de los grandes problemas que nos aquejan y verter sus conocimientos en soluciones y acciones en pro de la humanidad, a través de los medios que cada una juzgue más convenientes, ya sea la familia, la escuela o la oficina.
Por eso la mujer debe comprometerse a participar activamente en su sociedad, cierta de la realidad y de su naturaleza y no sólo preocupada por su desarrollo profesional. Buscando restablecer principios básicos como el respeto a la vida y la defensa de la familia como núcleo de la sociedad.