Por: Nancy Escalante
Abre su boca con sabiduría y su lengua instruye con cariño (Prov. 31:26)
A lo largo de la historia, la mujer se ha caracterizado por su sensibilidad y su capacidad para dar y llegar al corazón de los demás, ya que por su propia esencia femenina, está llamada a ser educadora en cuanto a ser receptora, transmisora y conservadora de la vida espiritual y dignidad de la persona humana, teniendo así la capacidad formadora y la responsabilidad de influir en el crecimiento de cada persona y en la humanización del mundo. Por lo tanto, es la mujer quien en su vocación educadora puede actualizar los valores y las virtudes humanas y de está manera contrarrestar las influencias de ideologías externas que atacan la dignidad de la persona y el bien de la humanidad, por lo tanto es importante que la mujer sea clara y coherente al transmitir sus criterios y dar un testimonio integral.
En este sentido la maternidad de la mujer está íntimamente relacionada a su vocación educadora ya que la mujer tiene una misión especial en la educación de los hijos ya que es ella quien en los dos primeros años de vida ofrece la seguridad y confianza necesaria en el niño, la cual se genera a partir de la relación que se establezca madre-hijo en estos dos años de vida principalmente, y es a partir de está relación que el niño va estableciendo su identidad personal y su capacidad para establecer relaciones positivas con los demás, por lo tanto, es la mujer quien en gran medida guía los primeros pasos de su hijos dando apoyo y siendo un punto primordial de referencia para la vida de sus hijos.
Es la sensibilidad de la mujer que se complementa a las potencialidades del hombre para que así ambos en la unión parental puedan cumplir con la tan importante labor educativa de la vida familiar, en donde es la mujer la que en gran medida da calidez al entorno y a la familia que es comunidad de amor. La mujer esta llamada a manifestar su amor con sus afectos, sus cuidados ternura y delicadeza, las cuales son cualidades propias de su esencia femenina, mismas que fomentan que en el hogar se respire un ambiente verdaderamente humano, y sea un lugar fértil para que fortalezcan valores y virtudes en cada miembro de está comunidad.
Por lo tanto la mujer a través desde sus características féminas está llamada a manifestar sus dones construyendo y aportando las herramientas y elementos necesarios para actualizar las potencialidades de la persona humana, conservando así y fomentando la formación y transmisión de valores. De tal manera que la mujer también está llamada a participar en la construcción de la sociedad. Y es así como “la mujer completa” (cf. Prov.31,10) considerada un apoyo imprescindible y una fuerza espiritual para la familia y por consiguiente la sociedad en general.