Religiosidad infantil y religiosidad madura

Por: Mtra. Psic. Lizette Kingwergs/ Texto resumido del Dr. Carlos Dominguez Morano

“No disponemos de otro lugar desde el que acercarnos a Dios y que Él de nuestra propia biografía (Domínguez, C.)”

La Religiosidad Infantil: El Dios del Niño

En la religiosidad se pueden desplazar sentimientos infantiles de omnipotencia, menospreciando las condiciones externas de la realidad (el hombre que desea conquistar todas las limitaciones que la realidad de la vida le presenta). Puede ser un terreno fértil para el mantenimiento de ciertas estructuras neuróticas.

“La religión puede ser utilizada como un parapeto contra la angustia, como una clave mágica para la resolución de toda incógnita, como una garantía de inmunidad frente a las contingencias del existir.” “La experiencia religiosa que no remite a la realidad puede reducirse a una pura ideología, a un ritualismo obsesivo o a un mero sustento moral.”

Por ejemplo: cuando se ignoran los conflictos de la realidad personal o de la realidad externa se desencadena aquello que se ha preferido ignorar. Como en la agresividad puesta en la intolerancia. Se arma una religión para sus fieles siendo cruel e intolerante para aquellos que no la reconocen. Incluso se utiliza la religión para justificar afanes destructivos.

El Dios del Niño

• Construido a la medida de los deseos y de los temores de nuestra infancia.
• Es un Dios “providencia-mágica” que está ahí para gratificar y para hacer soportable la dureza de la vida. Un mundo donde no existe frustración del deseo.
• Es un “pecho bueno” omnipotente y omnipresente que responde mágicamente al deseo.
• Es un Dios celoso en el área de la sexualidad. Le preocupan más realidades de este orden que otras como la injusticia, la hipocresía, la avaricia, el engaño o la religión legalista y opresora.
• Es un Dios de prohibiciones, amenazas, castigos y perpetua vigilancia sobre nuestros actos e intenciones.

a) El Dios del doble en el espejo:

• Dios es concebido como prolongación del propio narcisismo. Dios es confundido con el propio yo.
• “Lo otro” no existe todavía. No existe posibilidad de encuentro o vinculación con lo real.
• Dios no existe tampoco, puesto que se le ha reducido a una imagen especular (a una proyección inflada del propio yo).
• La alteridad se constituye en una profunda amenaza. Los otros, como entidades libres, diferentes y no manipulables, se convierten en un objeto sumamente peligroso. Desencadena la violencia en el intento de borrar y eliminar la amenaza que el otro supone para él (destrucción de lo diferente).
• Se concentra en el orden de la idea, la creencia y el dogma.
• Aquí se encuentran el fundamentalista y el fanático religioso.

b) El Dios de la Madre imaginaria:

• La relación con Dios pretende eliminar nuestra condición de seres separados, que es la única que posibilita el auténtico encuentro con la alteridad.
• Se necesita una presencia ininterrumpida, una permanencia del gozo fusional.
• Incapacidad para asumir la ausencia del otro (la distancia inevitable que nos constituye como sujetos).
• Evita despertar a la realidad, siempre conflictiva y en la que la distancia y la separación resultan intolerables.
• Se concentra en la experiencia afectiva, la comunicación y el amor.
• Pretende relacionarse con un Dios de placer (como en un sentido de placer permanente).
• Un ejemplo sería el pseudomístico y alumbrado.

c) El Dios de la Ley y el sacrificio:

• Anclado en su ambivalencia de amor-odio frente a lo paterno.
• Construye un Dios que se le opone frente al cual construye una relación de rebelión permanente o de sumisión aniquiladora.
• Permanente ambivalencia afectiva frente a Dios (o tú o yo).
• Hace de la ley, la obediencia, la norma y la moral el eje de su vinculación religiosa. Una ley sacralizada que sustituye al mismo Dios que pierde su naturaleza mediadora.
• Su violencia se desplaza y oculta bajo el ritual del sacrificio (anula el odio al otro con la vuelta de ese odio contra sí mismo en forma de culpabilidad).
• Magnificación y sacralización del dolor. Es la oración de los propósitos, de las culpabilizaciones y de la insatisfacción permanente con uno mismo.

La religiosidad madura: el Dios de Jesús

Tener a una religiosidad madura, o tener al Dios de Jesús es tener al Dios que nos remite a la realidad, con toda la dureza que ésta pueda presentar en muchos momentos de nuestra existencia y, en lugar de solucionar los problemas, prefiere dinamizarnos para que nosotros mismos trabajemos en un intento de solución.

Viene a ofrecer un mensaje de vida y salvación y, en cierto modo, a despreocuparnos de una búsqueda angustiada de redención personal, invitándonos, más bien a un proyecto común de transformación de nuestro mundo en un Reino digno de Dios y digno del hombre. No es un Dios poder. No es un Dios que atemoriza, o que desea conseguir reverencia o su admiración.

Es el Dios amor: es un amor que opta por los débiles, oprimidos y marginados, tanto social, como emocionalmente, no son sólo los pobres, sino también los pobres de espíritu. Es un amor que no elude el conflicto, que se enfrenta, denuncia, acusa y ataca a los que son fuente de opresión, de hipocresía, de odio y marginación. Es un amor que exige y compromete.

La verdadera experiencia mística

• No destruye la identidad personal (estabiliza, sostiene y enriquece esa identidad). Tiene conciencia de que su yo no desaparece.
• Se remite al pasado para establecer nuevos caminos para volver a un presente que, de ese modo, se presenta ampliado, clarificado y enriquecido.
• Se sabe obligado a una actividad importante con su cuerpo y con su mente para posibilitar la presencia del Dios añorado.
• El místico no ama al amor, ama al otro a quien considera amor.

El místico vive generalmente una experiencia creativa, tanto al nivel de la acción, desarrollando una actividad de importantes repercusiones sociales e históricas, como a nivel de la creación literaria.

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