Por: Mtro. Ricardo Romeo Ramírez S.
Centro de Psicoterapia Integral y Orientación Familiar A L L I A N C E cenalliance@prodigy.net.mx
Idealmente, cuando en una pareja se ha dado lo que en el número pasado denominamos “el encuentro”, ya han tenido el tiempo suficiente para irse adaptando el uno al otro, han hecho planes en conjunto para afrontar el futuro, ya han disfrutado plenamente de su intimidad, han logrado conseguir cierta estabilidad económica y emocional, y ahora se preparan para la llegada de los hijos.
La llegada de un niño requiere de espacio físico y emocional en la recién formada familia. Esto plantea la necesidad de reestructurar “el contrato matrimonial” y las reglas que hasta entonces han venido rigiendo a este matrimonio. Se requerirá del apoyo mutuo para no perder el anclaje emocional entre ambos a pesar de la aparición de cada nuevo miembro.
Continuando con una situación ideal, diríamos que deberá contarse con la seguridad de que existan consideración y cuidados para la nueva madre y su bebé, dado que esta nueva relación, echará a andar un sin fin de nuevas funciones y operaciones al interior de la familia, y una gran cantidad del tiempo, preocupación y cuidados de la antes esposa y ahora madre, estarán destinados al recién nacido. Todo lo hasta entonces vivido sufrirá cambios, desde la economía familiar hasta las relaciones sexuales, pasando por el tiempo dedicado al ocio y al entretenimiento, la convivencia con las respectivas familias de origen y los amigos, el sueño y el descanso y etc., etc., etc.
Desde el mismo momento de su embarazo la futura madre comienza espontáneamente a formar un nido emocional para su niño, por lo que gradualmente se va sustrayendo del intenso mundo exterior, y forma internamente imágenes, pensamientos, deseos y planes para el futuro desarrollo de su hijo, situación que debería de ser compartida y apoyada por el hombre. En estos momentos, ella requiere de alguien que la apoye, la ayude y en cierta forma la proteja a fin de conseguir que este nido emocional se siga desarrollando satisfactoriamente, situación que se requiere hasta el momento del nacimiento y aún varios meses después.
Todos hemos escuchado esta frase “no existe una escuela en donde nos enseñen a ser padres” y hasta cierto punto es cierta, pero hay un lugar donde aprendemos muchas de nuestras funciones paternas, donde aprendemos a dar amor o a llamar la atención a gritos; a ser tolerantes o a desesperarnos con facilidad; a compartir las responsabilidades o a ser egoístas, y ese lugar es nuestra propia familia.
Es necesario la mayor parte de las veces aprender el rol de madre al igual que el de padre, y para esto es indispensable la ayuda y el apoyo del compañero, al grado de que inclusive sea posible intercambiar roles cuando sea preciso.
Convendrá que cada quién pueda mantener la capacidad de expresar su individualidad y su identidad, por un lado, pero conviviendo con la capacidad de compartir y verse como un todo. Es relativamente muy fácil caer en el problema de utilizar al niño, ya sea para agredir a la pareja, o en espera de ver realizados en nuestro hijo nuestros propios sueños, sin haberle preguntado si eran los de él.
Hemos hablado hasta aquí de aquellos casos cuando se desea la llegada del o de los hijos y de cuando se ha tenido el tiempo suficiente para consolidar la pareja en todos los aspectos. La situación se complica, en mayor o en menor medida, cuando la llegada es a causa de un embarazo no deseado o no planeado, o cuando no se ha podido acoplar cada miembro de la pareja al otro, o cuando no se ha logrado la estabilidad laboral, económica, social o emocional que se requiere. Tanto en estos casos como en la situación ideal, la llegada de los hijos impone a la pareja un reto: la posibilidad de enfrentar un cambio en sus vidas y sacar a flote su capacidad de adaptación, de sortear la crisis y superarla, o de no soportar la presión y renunciar, ya sea totalmente a través de la separación o del divorcio, o parcialmente a través del distanciamiento emocional, la evasión, la infidelidad y tantas y tantas cosas que pueden minar el desarrollo de la incipiente familia.
Después de que los hijos han llegado la pareja tendrá que ocuparse del crecimiento físico y emocional de estos, de su socialización, de inculcarles valores éticos y morales y de auspiciar su desarrollo afectivo, todo esto en un clima de “relativa calma”, hasta que se presenta la nueva gran crisis en la familia: LA ADOLESCENCIA DE LOS HIJOS.
Bibliografía
EL CICLO VITAL DE LA FAMILIA; Lauro Estrada Inda; Edit. Posada, 3a. ed., México, 1989.
LA PERSONA. Su desarrollo a través del ciclo vital; Theodore Lidz; Edit. Herder, 3a. ed., Barcelona, España, 1985.