Por: Mtra. Rosario Alfaro Martínez
Todos podemos aceptar que la comunicación entre dos personas es difícil, sobre todo cuando se trata de un matrimonio. A través de la comunicación en las relaciones interpersonales lo que obtenemos como posesión común es a nosotros mismos. De allí la importancia de la comunicación en el matrimonio.
Si lo que se pretende cuando nos casamos, es que seamos uno, esto sólo lo vamos a lograr si aprendemos el maravilloso arte de la comunicación. La única manera de que la comunicación funcione en el matrimonio es a través de la práctica. Mientras más se practique la comunicación, mejor podré comunicarme. Además debo escoger un lugar y un tiempo adecuado para comunicarme con mi cónyuge.
El principio de toda buena comunicación es el deseo profundo por querer comunicarnos con la otra persona. Tiene que ser una convicción firme e interna, un compromiso con nosotros mismos y con nuestro cónyuge. Por eso el primer instrumento de la comunicación que debemos de practicar es el diálogo.
Si hay comunicación auténtica, no hay problema que no tenga solución.
El diálogo auténtico, es siempre fecundo porque es encontrarse dos almas en claridad. El diálogo debería de ser más natural y normal entre personas que viven juntas; y sin embargo, la realidad es que a veces se hace precisamente más difícil entre ellas.
El diálogo no es una conversación, pero mucho menos una discusión. En el diálogo no pretendo convencer sino hacerme entender, no voy a ser convencido por mi interlocutor sino a entender su punto de vista.
Al dialogar, no arguyo, no defiendo, no ataco; me contento con exponer. Y al escuchar no lo hago con la intención de encontrar los fallos en lo que me diga la otra persona, sino con el deseo verdadero de entender su punto de vista y de sentir como él siente.
El valor y la riqueza del diálogo, está en hacerme el otro, en poder considerar una opinión a la que yo me opongo desde el punto de vista del que la defiende. Y durante ese rato pienso como él piensa. No tengo miedo de que me convenza, de que tenga que cambiar mi opinión y tampoco estoy escuchando por mera educación ni estoy preparando argumentos en mi mente mientras él habla para refutarlo en cuanto acabe.
Sencillamente escuchar, prestar atención, dejar que nuevas ideas lleguen a mi pantalla, permitir que otra persona se me revele tal como es. Después de oír todo lo que hay que oír, cambiaré de opinión o no cambiaré. Al diálogo no le importa eso. Es posible que al final estemos tan en desacuerdo como al principio o más, pero yo llevo ahora conmigo su punto de vista y él el mío. Esto es muy importante tenerlo presente en el matrimonio.
Hay también muchos obstáculos. No hay tiempo, no hay tranquilidad para el diálogo reposado. Hablar en profundidad lleva tiempo y no nos permitimos fácilmente el lujo de regalarnos tiempo a nosotros mismos, "No tengo tiempo" puede ser simplemente un escape, una excusa, una traducción educada de "no tengo interés". Están también la inercia, la timidez, la superficialidad de casi todo lo que hablamos, el pesimismo de que nada va a cambiar y es inútil intentarlo, el esperar a que sea el otro el que comience, el posible fracaso, el sentimiento herido, el pudor que protege a la intimidad. Y el miedo; miedo de abrirme, de tomar en serio a los demás, de que quizá tengan algo que enseñarme y yo me vea forzado a reconocerlo, a aceptarlo, a tener que aprender del otro, miedo de que mis convicciones no sean tan firmes y se desmoronen si las expongo al diálogo auténtico; miedo de que el otro pueda "ganar" y yo "perder"; miedo de que tendré que cambiar mis opiniones y mi conducta. Donde hay miedo, no hay diálogo.
Así que lo primero que necesitamos en la pareja para iniciar a tener un diálogo es:
- No querer convencer al otro.
- Escuchar aunque no estemos de acuerdo.
- No intentar ganar, ya que cuando uno gana, en realidad ambos pierden.
- Saber que podemos estar totalmente en desacuerdo, pero que eso no es lo importante.
- No hacerse responsable de los sentimientos de los demás. Esto es: quiero que se sienta el otro de tal o cual manera.
- Darse tiempo para hablar.
- Encontrar el mejor lugar y momento para hacerlo.