La mayor parte de las noticias sobre Mónica son conocidas gracias a las Confesiones de san Agustín.
Tal y como la describe su hijo, Mónica fue una madre cristiana y ejemplar que sufrió a causa de su marido Patricio, de comportamiento disoluto y violento, y de su suegra, que vivía con ellos y bebía; con cristiana paciencia y dedicación Mónica logró que su esposo se bautizara.
Otra de sus preocupaciones era su hijo Agustín, quien, al contrario de sus otros dos hermanos, Navigio y Perpetua, le causó mucha inquietud, puesto que a pesar de preparase para el bautismo durante mucho tiempo llevó una vida contraria al comportamiento del catecúmeno (es decir, de los que se separan para el bautismo); tanto era así, que su madre estuvo a punto de desistir, pensó que quizá aún no había llegado la hora de su conversión. Cuando Agustín se fugó, primero a Roma y después a Milán, Mónica lo siguió y estuvo presente en la conversión que ocurrió gracias a su encuentro con san Ambrosio, obispo de Milán. De regreso en Tagaste, tras el bautismo de su hijo, Mónica murió en Ostia, antes de embarcarse para África, en el año 397.