El alma humana no puede vivir sin Dios

Por: Por: Padre Emílio Carlos Mancini.

Los grandes ídolos de nuestros tiempos son el dinero, la salud, el placer, la comodidad: lo que sirve al hombre.

Y si pensamos en Dios, siempre hacemos de Él un medio al servicio del hombre: le pedimos cuentas, juzgamos sus actos, y nos quejamos cuando no satisface nuestros caprichos. Dios en sí mismo parece no interesarnos.

La contemplación está olvidada, la adoración y la alabanza son poco comprendidos. El criterio de la eficacia, el rendimiento, la utilidad, funda los juicios de valor. No se comprende el acto gratuito, desinteresado, del cual nada se puede esperar económicamente.

Hasta los cristianos, en la obligación de respirar esta atmósfera, estamos impregnados de materialismo, de materialismo práctico. Confesamos a Dios con los labios, pero nuestra vida de cada día está lejos de Él.

Nos absorben mil preocupaciones. Nuestra vida diaria es pagana.

En ella no hay oración, ni estudio del dogma, ni tiempo para practicar la caridad o para defender la justicia.

¿La vida de muchos de nosotros, no es, por acaso, un absoluto vacio? ¿No leemos los mismos libros, asistimos a los mismos espectáculos, emitimos los mismos juicios sobre la vida y sobre los acontecimientos, sobre el divorcio, la limitación de la natalidad, la anulación de los matrimonios, los mismos juicios que los ateos? Todo lo que es propio del cristiano: conciencia, fe religiosa, espíritu de sacrificio, apostolado, es ignorado y hasta denigrado: nos parece superfluo.

La mayoría lleva una vida puramente material, de la cual la muerte es el punto final. ¡Cuantos bautizados lloran delante de una tumba como los que no tienen esperanza!

¿La inmensa amargura del alma contemporánea, su pesimismo, su soledad… las neurosis y hasta la locura, tan frecuentes en nuestro siglo, no son fruto de un mundo que perdió Dios?

Ya bien lo decía San Agustín: “Nos creaste, Señor, para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que no descanse en ti”.

Afortunadamente, el alma humana no puede vivir sin Dios.

Lo busca espontáneamente, hasta en manifestaciones objetivamente desviadas. En el hambre y sed de justicia que devora muchos espíritus, en el deseo de grandeza, en el espíritu de fraternidad universal, está latente el deseo de Dios.

La Iglesia Católica desde su origen, más aún, desde su precursor, el Pueblo prometido, no es sino la afirmación nítida, decidida, de su creencia en Dios. Por confesarlo, murieran muchos en el Antiguo Testamento; por ser fiel al mensaje de su Padre, murió Jesús, y después de Él, por confesar un Dios Único y Trino, cuyo hijo habitó entre nosotros, murieran millones de mártires.

Desde Esteban y los que como antorchas iluminaban los jardines de Nerón, hasta los que, en nuestros días, en Rusia, en Checoslovaquia, en Yugoslavia; ayer en Japón, en España y en México, dieran su sangre por Él. A otros no les fue pedido este testimonio extremo, pero en su vida de cada día lo afirmaron valientemente: religiosos que abandonan el mundo para consagrarse a la oración; religiosos que unen a su vida de operarios, en la fábrica, a una profunda vida contemplativa; universitarios animados un serio espíritu de oración; para los cuales la oración parece algo connatural e junto a ellos, sabios, sabios que se precian de su calidad de cristianos. Hay grupos selectos de almas escogidas que buscan a Dios con toda su alma y cuya voluntad es el supremo anhelo de sus vidas.

Y cuando lo encontraron, su vida descansa como en una roca perenne; su espíritu reposa en la paternidad divina, como el chico en los brazos de su madre (cf. Sl 130).

Cuando Dios fue encontrado, el espíritu comprende que el único grande que existe es Él. Delante de Dios, todo se desvanece: todo lo que a Dios no interesa, se vuelve irrelevante. Las decisiones realmente importantes y definitivas son las que yacen en Él.

Quien encontró Dios le sucede lo que pasa a quien ama por la primera vez: corre, vuela, siéntese transportado; todas sus dudas están en la superficie, en lo profundo de su ser reina la paz. No le importa ni mucho ni poco cual sea su situación, ni si escucha o no a sus plegarias. Lo único importante es: Dios está presente. Dios es Dios. Delante de este hecho, calla su corazón y reposa.

En el alma de este “repatriado” hay dolor y felicidad al mismo tiempo. Dios es al mismo tiempo su paz y su inquietud.

En Él descansa, pero no puede permanecer un momento inmóvil. Tiene que descansar andando; tiene que ampararse en la inquietud. Cada día se levanta Dios delante de él como un llamado, como un deber, como dicha próxima no alcanzada.

Quien encuentra a Dios se siente buscado por Dios, como perseguido por Él, y en Él descansa, como en un vasto y tibio mar. Esta búsqueda de Dios sólo es posible en esta vida, y esta vida sólo toma sentido en esa misma búsqueda. Dios aparece siempre y en todas partes, y en ningún lado es encontrado.

Lo escuchamos en el ruido de las olas, y sin embargo, calla. En todas las partes sube a nuestro encuentro y nunca podemos captarlo; pero un día cesará la búsqueda y será el definitivo encuentro. Cuando encontramos a Dios, todos los bienes de este mundo están encontrados y obtenidos.

El llamado de Dios, que es el hilo conductor de una existencia sana y santa, no es otra cosa sino el canto que desde las colinas eternas desciende dulce y rugiente, melodioso y cortante.

Llegará un día en que veremos que Dios fue la canción que sacudió nuestras vidas.

Señor, haznos dignos de escuchar ese llamado y de seguirlo fielmente.


Padre Emílio Carlos Mancini.

Moderador y Fundador.

Comunidad Alpha y Omega.


A†Ω



¡Solo Dios y nada más!


 
Contra corriente