Ángela, una mujer orgullosa, caprichosa, vanidosa y dedicada a la vida mundana, nació en una familia rica donde en sus años de juventud se entregó a los placeres sin medida. Se casó muy joven y tuvo varios hijos, pero no por esto dejó de llevar la vida que llevaba antes. Era una mujer que poseía riquezas, castillos, lujos, joyas y fincas, pero nada de esto le hacía feliz.
Cuanto tenía 35 años, mueren sucesivamente su madre, su esposo y sus hijos, quedando totalmente sola. En medio de la pena, comienza a interesarse por la religión y decide practicarla, aunque aún no había tomado la decisión de apartarse por completo del pecado; y esto la lleva a comulgar sin haber confesado sinceramente sus pecados, por lo tanto, cae en un pecado mayor.
El remordimiento de conciencia no la dejaba en paz, así que se encomendó a San Francisco para que la ayudara a salir de la vida de pecado. Poco tiempo después, entra a una Iglesia de nombre San Feliciano, donde predicaba un religioso franciscano, el Padre Arnaldo. Después de escucharlo predicar, decide hacer una confesión general que la lleva a una verdadera conversión. El Padre Arnaldo se convierte en su director y confidente espiritual.
Por fin, después de aquella confesión, Ángela decide vender todos sus bienes y repartir el dinero entre los pobres, y se dedica a la vida de oración y meditación.
Ángela lleva una relación íntima con Cristo, y encuentra en Él el verdadero amor que la hace feliz. Ángela decía que "Jesús penetraba su corazón y abrazaba su alma". Cuenta que tuvo una gran experiencia eucarística, de hecho, escribe un libro llamado Recomendaciones sobre la manera de comulgar más provechosamente. Muere el 4 de enero, mismo día que es recordada en la actualidad.