Apóstoles de la Alianza de amor

Por: Padre Nicolás Schwizer

¿Por qué el hombre de hoy está tan poco captado por Dios, tan poco penetrado por su espíritu? El Padre lo explica: Es porque todo queda en la cabeza y no llega hasta el corazón. El corazón queda cerrado y endurecido.

¿Y cuál es entonces el sentido de nuestra Alianza de amor? El sentido es que le entregue a la Mater mi corazón: intercambio de corazones. ¿Y qué hace Ella con mi corazón? Lo lleva a Cristo, lo lleva al Padre. El último sentido de la Alianza es: regalarle a Cristo, a Dios mi corazón.

¿Cuál es, por eso, nuestra tarea? Si queremos ser de Cristo, pertenecerle para siempre, tenemos que tomar en serio nuestra Alianza en la vida diaria. Que significa también hacer valer nuestras exigencias de amor para con la Madre: pedirle que encienda en mi corazón, en el más alto grado posible, el amor a Cristo, amor a Dios.

Pidámosle, pues, conscientemente en el Santuario que nos regale esa gracia de un corazón encendido por Cristo.

Veamos otro aspecto. Dios quiere que por medio de la Alianza, el hombre de hoy pueda sanarse nuevamente. Porque el hombre moderno está enfermo. El Padre Kentenich señala que en el hombre actual existe una gran incapacidad de vivencia religiosa; que en él se da un amplio bloqueo de la vida afectiva frente a Dios.

Y la herida más honda en su afectividad es la incapacidad de dar y de recibir amor. El hombre de nuestro tiempo, afirma el Padre, es una especie de fakir en el campo del amor, padece de una anemia aguda en la calidad de sus vínculos personales.

Una de las grandes metas para el hombre de mañana ha de ser, por eso, ganar el afecto o el corazón para Dios.

Las verdades de fe deben llegar a ser vivencias de fe. Necesitamos sentir las verdades de fe, tocarlas en forma sensible. Necesitamos palpar la fe hecha vida en una persona o en una comunidad. A partir de estas vivencias, que han captado nuestro corazón, se gestan los vínculos afectivos que nos atan a Dios y al mundo sobrenatural.

Y aquí surge entonces la importancia decisiva de nuestra Alianza de amor con la Madre. El amor conoce una transmisión de vida. Si amo a María, Ella me transmite su vida. En su persona está impresa la más pura y cálida afectividad. Si me vinculo filialmente a Ella, entonces va despertando en mí afectos, me va regalando su propio amor a Dios y a los demás. Por medio de la Alianza voy aprendiendo a amar como María y todo lo que Ella ama.

Es, por eso, el camino para sanar al hombre de hoy, facilitarle vivencias religiosas profundas, ganar su afecto y su corazón para Dios y para el mundo sobrenatural. Debemos, por eso, llevar a nuestros hermanos a la Alianza de amor. Debemos despertar y encender el amor a María en ellos.

Sólo por medio de esa vinculación cálida a Ella van a empezar a imitarla en su actitud y su comportamiento. El Padre nos pide, que todos seamos apóstoles de la Alianza de amor. Su deseo es que todo el mundo llegue a hacer la Alianza, que todo el mundo descubra la riqueza de compartir la vida con María. Tenemos que invitar a ello a nuestros familiares, amigos, parientes y compañeros de trabajo.

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