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Por: Sem. Eduver Polanco Cruz
Vivir pobre hoy más que una exigencia religiosa, hay que verlo como un ejemplo a seguir. La Perfecte Caritatis nos recuerda: “la pobreza voluntaria por el seguimiento de Cristo ha de ser cultivada con diligencia por los religiosos…” sigue “Los institutos mismos, teniendo en cuenta las circunstancias de cada lugar, esfuércese en dar testimonio colectivo de pobreza… eviten toda especie de lujo, de lucro inmoderado y de acumulación de bienes” .
1. La pobreza de Cristo
El valor esencial de la pobreza religiosa es ser imitación real de Cristo. Cristo sigue viviendo su estado de “kénosis”, de anonadamiento, por el que nos redime y nos salva. Para entender la pobreza religiosa hay que partir de Cristo en cuanto sacramento de salvación. Con su vida y con su palabra viene a decirnos de la manera más convincente que los bienes de este mundo son provisionales, transitorios, relativos. Mientras que los bienes absolutos y definitivos, perennemente válidos, son los de la salvación.
El verbo, al encarnarse para llevar a cabo nuestra salvación, se hace en todo semejante a nosotros, menos en el pecado, se hace como uno de tantos, renuncia a toda irradiación de su gloria divina y no ostenta la prerrogativa de su divinidad.
La Iglesia, continuadora de la vida y de la misión salvífica de Jesús, debe continuar y prolongar también su misterio de pobreza. La Iglesia no puede convertirse en anunciadora de los bienes temporales, ni de simple promotora del bienestar humano o social. Tiene que anunciar como Cristo, el reino de los cielos y mantener viva en los hombres la conciencia de su destino eterno y de la realidad de los bienes futuros que son los definitivos.
Todos los sectores de la Iglesia deben expresar, cada uno según su índole propia, la pobreza de Cristo. Los seglares también deben vivir la pobreza cristiana, estar dispuestos a renunciar a todos los bienes de este mundo, incluso a la propia vida, a vivir en un radical desprendimiento de la misma riqueza y bienes temporales que tienen que manejar e incluso promover.
2. Valor teológico
La pobreza cristiana no tiene ni es un valor socio-económico sino un valor estrictamente religioso y una finalidad de salvación sobrenatural. En el proceso histórico de la vida religiosa se llegó a escuchar un concepto jurídico que se limitaba a exigir la renuncia de todo acto de propiedad. La dependencia de los superiores salvaba siempre el voto, aunque no salvase siempre la virtud.
El derecho imponía a todo religioso la renuncia o cesión del uso, del usufructo y de la administración de los propios bienes patrimoniales. Pero no admitía la renuncia a la propiedad radical de esos mismos bienes, pensando en los religiosos que podían un día abandonar el estado religioso.
El concepto teológico y evangélico de pobreza es mucho más radical y exigente que las prescripciones canónicas. La pobreza tiene un valor teológico porque tiene un sentido cristológico, ya que es una real participación de la pobreza de Cristo.
3. Valor teologal
El religioso con el voto de pobreza, confía totalmente en Dios y se desprende afectivamente de los bienes materiales. La vida de Cristo no tiene otro apoyo ni otra razón de ser que el Padre, en quien confía totalmente.
La pobreza bíblica no sólo es un medio ascético o un ejercicio humano de purificación, sino que es ante todo una virtud cristiana, es decir, una actitud sobrenatural, una disposición interior. Es una conciencia viva y serena de necesitarlo todo y una seguridad total y una fe inconmovible en el amor personal de Dios.
La pobreza es apertura y disponibilidad, es confianza inquebrantable, es un crédito infinito abierto a Dios. La pobreza, con relación a Dios, es una actitud filial. Es la mejor traducción bíblica de la esperanza. Por eso, tiene un valor no sólo teológico, sino teologal. Ser pobre es esperar en Dios y esperar a Dios. Es contar con Él y creer en su fidelidad.
La pobreza es el valor básico de la vida cristiana, la puerta estrecha a la vida teologal. Los procesos inversos dentro de la teología hacen referencia a la pobreza material, el desprendimiento afectivo y estado de indigencia como camino normal y vía de entrenamiento para el abandono en Dios.
En Cristo la pobreza es expresión de amor, de autodonación al Padre y a los hombres y principio de libertad espiritual para nosotros. Cristo nos liberó del engaño seductor de las cosas con su pobreza. La pobreza efectiva es un medio eficaz para conseguir la pobreza interior. Y cuando se vive libre y gozosamente, es signo inconfundible de que se poseer la pobreza de espíritu.
Por nuestra pobreza no sólo alcanzamos nuestra personal liberación interior y ayudamos a nuestros hermanos a liberarse también de toda esclavitud frente a las cosas, afirmando su relatividad en comparación con el Reino, sino que, además, devolvemos a las cosas mismas su libertad primera, de antes del pecado, haciéndolas servir sencillamente a la gloria de Dios y a nuestra plena realización como hijos de Dios.
La postura cristiana del hombre frente a las cosas no puede ser ni de exagerado ni de desprecio o desdén, ni simplemente indiferencia. Las cosas tienen una finalidad de servir a los hijos de Dios, ayudándoles a alcanzar la plena realización humana y sobrenatural.
Al unirse con Dios, el hombre lleva consigo todo el universo y completa el círculo de la perfección de todas las cosas. El valor limitado de las cosas, que no permite adoptar ante ella una postura intransigente y total, puede provocar posturas extremas. Las cosas no tiene la misión de detenernos en nuestra marcha hacia Dios, sino de acelerar nuestro paso, ayudando a nuestro crecimiento y avivando nuestro amor.
4. Valor testimoniante
La pobreza religiosa es signo hoy particularmente muy estimado, dice el Concilio Vat. II. Precisamente porque el hombre de hoy corre más riesgo de dejarse seducir por los bienes temporales, ya que todo lo mide en términos de consumo y de economía.
La pobreza tiene una singular fuerza testimoniante, escatológica, porque es anuncio de otros bienes, que son los verdaderos. La pobreza religiosa debe buscar nuevas formas de expresión, más de acuerdo con la psicología y las exigencias del hombre actual. El testimonio de pobreza debe ser a la vez, personal y comunitario.
Con respecto a la pobreza comunitaria, afirma el Concilio que la vida religiosa en cuanto tal debe dar testimonio colectivo de pobreza, de desprendimiento de los bienes presentes. En realidad, es la Iglesia misma quien, a través del estado religioso, da este testimonio social de pobreza evangélica.
La pobreza es sin duda un gran valor y un testimonio muy estimado por los hombres de hoy. Pero no es un valor absoluto, sino relativo. No es el supremo testimonio que tiene que dar la vida cristiana ni la vida religiosa. Y menos todavía cuando se considera la pobreza en su dimensión socio-económica y no en cuanto virtud sobrenatural cristiana, como expresión de la esperanza teologal.
Para que la pobreza sea verdadero testimonio debe ser inteligible, al menos para los hombres de buena voluntad.
La inseguridad es un elemento importante del seguimiento a Cristo. Y la pobreza real y afectiva nos hace vivir en esta inseguridad radical y nos hace vivir con sentido más providencialista.
En los edificios, sobre todo, debe evitarse todo lo que sepa a ostentación vanidosa, a lujo o a excesiva comodidad. Y debe buscarse la funcionalidad de los mismos, siempre dentro de una línea de sencillez evangélica.
Tenerlo todo en común significa que todo lo que uno tiene y maneja está abiertamente a disposición de los demás, en todo momento, y sin restricciones. El riesgo constante del hombre en buscar formas de seguridad fuera de Dios, apoyarse en alguien o en algo distinto de Dios es una tentación que el religioso llamado por Cristo a vivir su pobreza está llamado a superar. Tener, ganar, poseer, son otras tantas expresiones que traducen este afán de seguridad que el hombre padece.
La pobreza efectiva es como la objetivación exterior del desarraigo de los bienes de este mundo. Es la afirmación clara y terminante de que los bienes futuros no son una quimera, sino una auténtica realidad. La pobreza evangélica es la expresión máxima de la esperanza escatológica.
La fraternidad, la vida de familia, la comunión en el amor de Cristo exigen la puesta en común de los bienes materiales y del los bienes del espíritu.
Cristo es siervo de Yahvé, el tipo por excelencia del pobre. Sin tener donde reclinar la cabeza, perseguido y humillado por nosotros, es la encarnación de la pobreza en su doble aspecto de renuncia y de actitud filial frente a Dios.
El religioso debe renunciar decididamente a emplear la inteligencia, la salud y la formación profesional en beneficio propio. Mientras que la generosidad de los hombres se sirve de esos medios para ganar dinero y para conseguir seguridades personales, el religioso sólo los emplea para ponerlos al servicio de los demás incondicionalmente, como Cristo. Así entendida, la pobreza es fe es amor y es esperanza.
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